Historias DIgnas de ser contadas

Crónicas

01/02/2021

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BY DIEGO RODRIGO CHARRO

‘La conversión de Recaredo’, de Antonio Muñoz Degrain. El lienzo recoge el momento en que el rey godo abandona el arrianismo y se convierte al catolicismo, en Toledo en el año 589.

En algún lugar de Italia, bajo el cauce de un río y rodeado de inmensas riquezas, descansa el que está considerado el primer rey de la Hispania visigoda (de la visigoda, que no de España, porque aún harían falta más reinados). Se llamaba Alarico —conviene recordarlo ahora que no se estudia en los colegios la lista de los monarcas godos por supuestamente inútil o caduca— y su entierro fue espectacular. Cientos de cautivos desviaron el río Busento e inhumaron al rey en el lecho seco. Luego, volvieron a hacer regresar las aguas para ocultar el sepulcro real. Todos los excavadores “fueron degollados para que no pudiesen revelar el lugar donde, todavía hoy, descansa con sus tesoros en su ignorada tumba”. “Un rey había muerto y un pueblo terminaba de nacer. Su nuevo rey, Ataúlfo, los llevaría a nuevas tierras y una de ellas sería el solar que definitivamente ocuparían: Hispania”. Lo cuenta José Soto Chica, profesor de la Universidad de Granada, en su magistral —es una auténtica y amena lección de historia— Los visigodos. Hijos de un dios furioso.

“Todo comenzó con los godos”, escribe Soto Chica, “la historia de un reino y de unos bárbaros que, surgiendo de las nieblas de las leyendas escandinavas como hijos de un dios furioso, terminaron por erigir un poderoso Estado en el confín occidental del orbe romano: Spania”.